“Aun siendo hombre de dos caras, no era yo, sin embargo, un hipócrita; mis dos aspectos eran verdaderamente sinceros…
[...] La condena de la humanidad era que estuviesen atadas juntas en un solo haz esa dualidad de tendencias antagónicas, y que en la sufridora entraña, en la conciencia, los dos gemelos irreconciliables mantuvieran una lucha sin descanso. Ahora bien, entonces, ¿dónde están disociados? [...]“

Puede que uno de los rasgos más comunes a todos y cada uno de nosotros sea esa eterna dicotomía que de una forma u otra conforman nuestro propio ser. Es inevitable, y el que lo niegue miente, que nuestra exposición al exterior, aquello que mostramos de nosotros mismos, no sea igual en todos nuestros ámbitos cotidianos. Según el momento o lugar actuamos de una forma u otra, adecuamos nuestras formas a lo que se requiere en cada momento. Todos tenemos, o deberíamos tener, digámoslo así, una cara oculta, y si no oculta, desconocida para el resto. Está claro que si uno va por la vida con una sinceridad y una transparencia absolutas (o como se suele decir vulgarmente, “diciendo las cosas a la cara tal como se piensan”) le van a caer palos por doquier, aparte de que la convivencia social sería insostenible, y todo parecería un manicomio inhabitable, si acaso no lo es ya.

Sin duda, el saber tener y utilizar varias caras es una gran ventaja en este oscuro mundo nuestro, donde el que quiera salir victorioso debe convertirse en aquello que demanda la sociedad, seguir los cánones, discurrir por los raíles de las absurdas modas, y, en definitiva, entrar en el redil. Sin ir más lejos, y a modo de ejemplo, para superar una entrevista de trabajo y obtener el puesto al que aspiramos, debemos representar el teatrillo de nuestra vida, falsear al máximo lo que somos para adecuarnos a ese molde que sirve para todo el mundo. Todo es pura apariencia.

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894), que unos años antes escribió su otra famosísima obra, ‘La isla del tesoro’, se basó en esa dualidad casi inherente al ser humano, universal, la del bien y del mal, para escribir una de sus novelas más conocidas y representativas, ‘El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde’ (‘Strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde’, 1886). Una historia que en sus rasgos generales es conocida por todos, un doctor que descubre una fórmula para convertirse en otra persona totalmente distinta, con todas sus consecuencias.
La novela es más un relato, su extensión no llega ni a las 150 páginas, escrito de forma sencilla y sin dificultad alguna, de hecho, en multitud de ocasiones se echa en falta más profundidad, más detalle en la narración para construír un armazón más sólido en el que colocar la historia.
Iniciaba este ensayo hablando de las diferentes aristas que la personalidad humana siempre posee, y Stevenson echa mano de una de ellas, el mal, la oscuridad del alma que existe en casi todos nosotros. Porque la maldad no existe en la naturaleza, ningún otro ser es capaz de desarrollarla y usarla, es una creación que únicamente nace de la inteligencia, de la conciencia, o sea, del hombre.

El bien y el mal, dicen que una cosa no puede existir sin la otra (qué tontería), y en esta pequeña obra ambas están encarnadas en en un noble y respetado doctor, Jekyll, y en un cínico y malévolo personaje que es Hyde, pero encerradas en el mismo cuerpo. Tras la ingesta de una pócima creada casualmente por el científico, aflora lo peor de sí mismo, su ser más profundo y maligno, una transformación incluso física que es fiel reflejo de la oscuridad de su yo. Hyde despierta pavor entre todos aquellos que lo ven, es la malicia hecha carne, la vileza que se escabulle entre las oscuras calles de Londres. Ni los más allegados amigos del doctor Jekyll pueden reconocer en Hyde a su creador, tal es la metamorfosis, la destrucción de todo rastro humano.

Uno de los puntos más interesantes y llamativos es sin duda la ciudad de Londres, magníficamente dibujada, sobre todo su atmósfera, que casi parece una proyección de la insana mente de Hyde, que nos envolverá para moveremos por callejones y rincones oscuros donde la onmipresente niebla acompañará el descenso a los infiernos de ese aventurado -o desventurado- doctor que juega a ser Dios.
Stevenson sabe dotar a toda la escenografía donde se mueve Hyde de un ambiente oscuro, opaco, lleno de pesadez y tenebrismo. Valga como ejemplo este fragmento:

“[...] se dedicaba a contemplar la infinita variedad de matices y tonalidades de la luz crepuscular: aquí, oscuridad como al inicio de la noche, más allá, un amoratado brillo parduzco, como el reflejo de una extraña hoguera; en otro lado, y sólo por un momento, la niebla se había descompuesto y entre los flotantes jirones de bruma se filtraba un débil rayo de sol. El mísero barrio del Soho, entrevisto en esos cambiantes colores, con sus calles fangosas y sus desaharrapados habitantes, con sus luces de gas, que no se habían llegado a apagar o habían sido nuevamente encendidas para combatir aquel fúnebre regreso de las tinieblas, surgía ante la mirada del abogado como los restos de una ciudad fantasmagórica.”

Es la estela de Hyde, de su pura vileza, porque él es todo odio, aquello que Jekyll escondía en el abismo de su alma. Pero lo que de verdad busca el doctor es a ese individuo que le permite ser un desconocido, perderse entre las gentes sin que nadie le reconozca -aunque cause pavor y repulsión-, una evasión de su vida pública que le es agradable, casi necesaria.
Stevenson no sólo indaga en la luz y la oscuridad que todos encerramos, igualmente, y casi da más importancia a ello porque es lo que lleva a Jekyll a establecer un vínculo indeleble con Hyde, pone de relieve el cansancio hacia nosotros mismos, hacia esos momentos en los que a uno le gustaría caminar sin ser visto, ocultos tras una máscara alejados de miradas curiosas o inquisitivas o de los dos tipos. Jekyll anhelaba ese anonimato, y pese a que a su Hyde lo miraban con terror y asco, no era él que era objeto de ello, sino su creación, otra persona, y ello lo reconfortaba.

El material con el que el escritor escocés cinceló este estupendo relato era muy valioso, de un gran calado y digno quizás de un mejor tratamiento. En muchas ocasiones el texto necesita más carga, y en determinados momentos llega a adolecer de un vacío narrativo importante (puede que esto se deba a que lo escribió en tan sólo ocho días estando enfermo de una fuerte tuberculosis). Con la idea central podría Stevenson haber construido un relato literario inmenso, superior, podría haberlo colocado a la altura de colosos como ‘Drácula’, ‘Frankenstein’ o ‘El Golem’. Una pena que la historia de Jekyll y Hyde sea tan liviana en ocasiones. Pese a todo, sí puede presumir de hablarnos de una forma casi aterradora y derrotista de todo aquello que es capaz de encerrar la mente de cada uno, de la semilla primordial capaz de engendrar lo peor que alguien puede dar de sí.

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